Al terminar este curso, con asignaturas y grupos dedicados a explorar y desarrollar nuestra salud, felicidad y bienestar emocional, muchas personas me han pedido que escriba algo sobre lo que hemos trabajado a título personal, para poder volver a considerarlo con más calma y tiempo durante las vacaciones de verano.
Pues aquí os va, espero que os sirva. Escribir para compartir a mí me ayuda también en mi reflexión personal y para saber cómo actualizar el próximo curso, que va ya por la 32 edición.
Desde que tengo uso de razón, la llegada del verano para mí va asociada con los finales de curso, primero como alumna y luego como profesora en la Universidad. Evaluar aprendizajes, programas y metodologías, recursos y el marco de enseñanza- aprendizaje en donde discurre la aventura del saber. Y luego, preparar el curso siguiente. Es lo que recorre mis venas de junio, fuertemente resonando todo el trabajo en las aulas y las vivencias de cientos de personas.
En las asignaturas y talleres que imparto, el objetivo principal es analizar y presentar herramientas teórico-prácticas, valores y actitudes para poder mantener, optimizar o recuperar la salud física, mental y social, de la mejor forma posible, según las circunstancias y condiciones personales.
Mi contexto educativo y de investigación personal es el del aprendizaje para la salud, el bienestar y la felicidad. Tres palabras cuyo significado hay que analizar críticamente si no queremos que se banalicen y vacíen de contenido. Todo un reto que me sigue estimulando desde hace décadas. Y cuyas luces y sombras quiero volver a contemplar para saber qué sentido tiene estar en tal empeño y cómo puedo actualizar mis programas el próximo curso.
¿EN QUÉ SALUD INVERTIMOS?
Un bien preciado, propio y ajeno, al que solemos dar gran valor, sobre todo cuando lo perdemos: la salud. Con el tiempo, el estudio y la experiencia, voy comprendiendo sus entresijos y la compleja tarea de mantenerla o recuperarla, pues sigue su propio curso y depende de muchos factores sobre los que tenemos solo una relativa influencia y control. Aún así, se dedican enormes cantidades de recursos para mantenerla, recuperarla o negociar con ella. En ámbitos económicos, políticos, de investigación, empresariales, clínicos y educativos. Pero vayamos a lo personal.
En aquello que valoramos invertimos tiempo, dinero y energía. Suele ser en el trabajo, la familia, las relaciones y el ocio. ¿En qué lugar situamos la salud?
EL VALOR DE REVISAR
Durante todo el año he conocido, escuchado, debatido y compartido conocimientos y vivencias con cientos de personas. He leído espléndidos trabajos desarrollados desde la gran experiencia de vida que aporta la madurez. Exponiendo lo que piensan y hacen por su salud y bienestar; que consideran un logro personal necesariamente contagioso. Sean cuales sean las circunstancias y condiciones, no deberíamos dejar de aspirar a ello. Personalmente y como profesionales de la salud y la educación a todas las edades.
Más allá de mi rol profesional, vuelvo a revisar qué sentido tiene lo que hago y si quiero seguir este camino. En el próximo curso y en el curso de la vida. O dejarlo, o cambiarlo. Los finales de curso, los finales de algo, nos inducen a resetear, nos confrontan con la necesidad de actualizar.
EL RETO DE LOS ESTILOS DE VIDA SALUDABLES
¿Qué pueden hacer las personas por su salud? Pasar a la acción se vuelve un desafío, ya que desarrollar hábitos o cambiarlos es una tarea compleja que se apoya en los intereses, costumbres y forma de ser de cada cual. De lo que depende el éxito de aplicación de cualquier programa de salud.
“Conócete a ti mismo”.
Este milenario aforismo griego sigue vigente sobre qué es lo mejor que podemos aprender y practicar. Educándonos en consecuencia. Si es que consideramos que es una tarea que dura toda la vida.
En nuestros grupos, orientamos y acompañamos a las personas en el conocimiento de sus procesos de salud y enfermedad y en el conocimiento de sí mismas. Nuestros programas se basan en la medicina preventiva, la medicina de los estilos de vida y la educación para la salud, enmarcados en una filosofía de vida y un comportamiento ético, asumiendo la salud como valor. La finalidad es desarrollar estilos de vida saludables, crear hábitos físicos y psicosociales que nos permitan vivir con el menor sufrimiento posible, anhelando una salud interna y una felicidad duradera y auténtica compartida.
Sabiendo que todo está en continuo movimiento, asumiendo serenamente los cambios constantes, que nada es permanente y todo se interrelaciona. Y dedicando nuestra atención y energía a lo que sí depende de nosotros.
Parece necesario también, en el ámbito de la salud y el bienestar, conocer y revisar periódicamente el sentido y beneficio que tiene nuestro comportamiento; si merece la pena el tipo de vida que llevamos, cómo pensamos, sentimos, de qué manera, con quién y para qué vivimos cada día; de qué valores y fuentes nos alimentamos.
No esperemos a que sea una enfermedad, divorcio, pérdida o revés importante lo que nos lleve a hacerlo. Puede ser un hábito saludable de prevención, de higiene mental. Porque no hay salud sin salud mental. Y este proceso conlleva revisiones de vida, antes o después. Desarrollar estilos de vida saludables se cimenta en toda una filosofía de vida, individual y social. La clave es más bien interna y no circunstancial.
¿QUÉ ES LO MEJOR QUE PUEDO HACER EN LAS CIRCUNSTANCIAS EN QUE ME ENCUENTRO?
La salud, felicidad y bienestar están muy influenciados por las condiciones físicas, la particular forma de ser y actuar, el contexto educativo y sociocultural en cada etapa vital, los antecedentes personales y familiares, las circunstancias y el ambiente… un sinfín de variables -algunas incluso misteriosas o desconocidas- que nos afectan consciente e inconscientemente. Sobre la mayoría de esas causas no tenemos control ni dependen de nosotros. Pero existen.
¿Qué podemos hacer entonces por nuestra salud y bienestar? Con responsabilidad y sentido práctico, centrémonos en lo que sí depende de nosotras, de nosotros, lo que está bajo nuestro control, que básicamente son nuestros pensamientos, actitudes y acciones, las decisiones que tomamos para cuidarnos y relacionarnos de la mejor forma posible con lo que nos ocurre y condiciona. Y en ese entramado, gestionar la salud, la vida, de forma inteligente y realista. Es como jugar la mejor partida con las cartas que nos tocan en cada momento.
BREVE DECLARACIÓN DE INTENCIONES
Mi intención es crear programas teórico-prácticos que funcionen. Por eso enfoco mi trabajo en crear una especie de entrenamiento integral de habilidades físicas, mentales, emocionales y sociales adaptadas a las condiciones particulares. Desarrollando estrategias para aprender a pensar, sentir, hacer y relacionarnos de manera saludable. Todo junto, porque trabajar aisladamente cada una de las dimensiones no sirve de nada.
Pero para esto no valen solo discursos intelectuales o clases magistrales. Es necesario estar muy cerca de las personas, escucharlas, conocerlas y acompañarlas. Porque el camino en comunidad es indispensable.
El propósito de mis clases, talleres y encuentros (presenciales y online) es conocernos, educarnos y cuidarnos. Para aprender, en definitiva, a ser personas. Personas buenas y sanas que contagiemos salud. Desde este planteamiento, considero que también se puede ser una persona sana a pesar de tener enfermedades o limitaciones. Se puede experimentar bienestar y felicidad a pesar de las circunstancias externas. No es que se tenga o no, sino que es un gradiente de salud y bienestar que se maneja desde nuestro interior a fin de cuentas. Las circunstancias externas influyen pero gestionamos la vida desde dentro.
Quisiera seguir creando comunidades saludables. Podría hacer un cartel de “Se buscan”: personas conscientes y comprometidas con expandir las ganas de vivir, ayudar y seguir aprendiendo, crear redes de apoyo y comunicación, envejecer con plenitud, contribuir a una vida buena para todas las personas. Más allá de edad, género y condición, quitando etiquetas. A eso vamos, a que sea una vida buena inclusiva, autónoma, alegre, con sentido y de calidad. Para ello, habremos de sortear algunos escollos y tentaciones que nos invitan a dejar de pensar, seguir las modas, la comodidad o la falsa felicidad.
¿Comprometerte con esto tiene sentido para ti?
QUÉ SENTIDO TIENE
También son vitaminas. Ingerir sentido, en pequeñas dosis o por vía intravenosa, se relaciona con una vida saludable, plena y feliz. Tener esa referencia como horizonte vital nos evita un montón de sufrimiento y nos aporta paz, lucidez, equilibrio y estabilidad. Es una tarea tanto educativa como terapéutica.
Se acaban los cursos, se acercan las vacaciones y quizá dispongamos de algo de tiempo y ganas para considerar alguna de estas cuestiones.
Porque en el día a día pocas veces nos paramos a pensar, a sentir, a calibrar con algo más de profundidad y criterio. Llevados por las prisas, la falta de tiempo, la vorágine de cada día, los automatismos… cuando lo hacemos puede ser tarde, que hayamos soportado tensiones y dolores innecesarios, o desarrollado alguna enfermedad.
EL BUEN HÁBITO DE PARAR
Ya sabemos -desde la evidencia personal y científica- cómo desarrollar los hábitos de actividad física, nutrición, sueño, relajación, descanso, actividades y relaciones significativas, contacto con la naturaleza y la belleza, son fundamentos para nuestra salud, felicidad y bienestar integrales. Que requieren un saber, entender, comprender y, sobre todo, practicar.
Me suelen decir con frecuencia: “si todo eso de lo que nos hablas, no es nada nuevo, ya lo sabemos; la cuestión es practicarlo” Ciertamente, hay conocimientos en salud, bienestar y felicidad que se saben, y a gran escala por su difusión en redes sociales. Pero ni se comprenden ni se practican. Eso es puro ruido que no transforma. Y eso es lo malo, que nos acostumbramos a un exceso de información hueca que quizá no entendemos y a una inactividad y falta de compromiso por nuestra parte. Y sin compromiso, esfuerzo y acción no vamos a ningún sitio.
¿Podemos parar un momento para reflexionar sobre esto?.
Y más paradas. Porque también necesitamos para nuestro equilibrio y conocimiento, crear el hábito de parar, hacer pausas conscientes más o menos largas. Desacelerar y parar de vez en cuando, retirarnos para pensar, sentir, reconectar con nuestra auténtica naturaleza, valores y sentido que damos a lo que hacemos, sus ganancias a distintos niveles. Ajustándonos a nuestro contexto, verlo con claridad y entenderlo. Parar y tomar distancia, respirar, encontrar calma, serenidad y una guía interna potente y clara. Parar para seguir.
Estas pausas reflexivas para darnos cuenta de cómo estamos y de cómo nos va la vida, nos ayudan a diferenciar mejor lo que nos hace bien y lo que nos daña. Desde el pensar y hacer y desde el ser.
DISCERNIR LO QUE BENEFICIA DE LO QUE NO
Para nuestra salud y bienestar psicológico, para tener una vida buena, tanto habitar el cuerpo y los sentires como hacernos conscientes de las acciones y decisiones que tomamos, van marcando un camino que puede ser beneficioso o perjudicial.
Os sugiero preguntas en dos planos:
- Esto que pienso o hago ¿beneficia, perjudica o es neutral? ¿para quién?
- Esto que soy ¿de dónde se alimenta, adónde me lleva?
Ahí encajan el diseño de los hábitos saludables, del autoconocimiento, de la felicidad interior. También el éxito en seguir prescripciones clínicas, definir nuestros propósitos, intenciones y métodos. Conocernos en profundidad. Una vida buena requiere conocimientos, inteligencia y una conducta éticamente conveniente. Una visión lúcida.
DETECTANDO AMENAZAS
Siento que estos últimos años, meses, se están volviendo convulsos, desconcertantes, retadores, excesivamente rápidos, críticos en cambios a gran escala y en nuestras vidas cotidianas. Algunos aspectos nos descolocan, asustan o sacan de quicio. Todo esto afecta a la salud global y personal, por las creencias que se adoptan y las tendencias de comportamiento.
Como respuesta a esto en todas las edades y ámbitos percibo una hiperactividad de vivir a tope la vida como si no hubiera un mañana. Disfrutar mientras se pueda, hacer muchas cosas interesantes, salir de casa, de las rutinas y limitaciones. Un no parar, vaya. Escapar, no pensar (analizar ideas, creencias, deseos, sueños…) consumir distracciones para estar ocupados todo el tiempo, “que, si no, me da ansiedad y depresión” escucho decir a muchas personas.
Así que, volviendo a diseñar programas para la salud y el bienestar, no pierdo de vista el riesgo de contagio, de favorecer una cultura banal del entretenimiento más que de vida buena, donde la salud, la felicidad y el bienestar se busquen en el exterior de forma consumista y superficial, sin filtros críticos. Cuando dependen básicamente de estilos de vida interiorizados, reflejo de una filosofía personal de vida, un modo de ser, pensar y sentir que se puede descubrir o aprender a cualquier edad. Y que es mejor contrastar desde las manos expertas de ciencia y filosofía avanzando codo con codo y no a codazos.
Chocamos también con un mundo hiperconectado digitalmente, con enormes dependencias emocionales y tecnológicas, exceso de información (muchas veces falsa) muy volcado hacia fuera; y, paradójicamente, se levantan muros de aislamiento, intolerancia, desconocimiento y soledad. El coronavirus contribuyó también a acelerar otra pandemia, la del consumismo: objetos, informaciones, opiniones, relaciones, vivencias. Se nos ofrecen por todos los medios experiencias materiales y emocionales que confundimos con la felicidad y el bienestar del ser interior. Un camino con atajos; fácil, inmediato, con resultados rápidos. Siguiendo la tiranía de la moda, las tendencias del hacer, tener y aparentar por encima del ser, donde lo humano se desdibuja y los engaños adoptan mil caras.
También en la Universidad y en nuestros círculos tenemos que combatir una divulgación de dudosos saberes sobre la salud y el bienestar (objetivos de desarrollo sostenible promulgados por Naciones Unidas) que pasan de red social en red social y tiro porque me toca. Sin filtros críticos. Hay una tendencia a dar por válido cualquier conocimiento o información, sin saber realmente, sin entender ni comprender de qué va. Sin contrastar con la investigación interior, en donde el pensamiento no es la única vía de acceso al conocimiento. Auspiciado por el culto a san Google y la inteligencia artificial. Es muy tentador por cómodo. Nos ahorra la costosa y no fácil tarea de pensar, esa que algunos consideran la belleza oculta de la felicidad.
Frente a las amenazas, busco presencia atenta, serenidad, lucidez y confianza. Y seguir meditando todo esto, a ver qué sale…
Os deseo un buen final de curso. Que nos graduamos para la vida.