Barbados entre dos aguas: atlántica y caribeña.

¡Y volví!
Donde me lleva el corazón de madre. Tres años después de aquel maravilloso viaje familiar, vuelvo a Barbados, hogar adoptivo de mi hijo Miguel. Con la compañía ahora de mi gran amiga Pilar combinamos sentires, miradas antiguas y nuevas. Coincidiendo con otra madre mejicana, nos dejaremos guiar por nuestros expertos y cariñosos hijos en el recorrido por la isla. Siendo un lujo también conocer y compartir la estancia con sus amistades; trabajan en organismos internacionales de cooperación y desarrollo y eso les imprime carácter. O quizá por cómo son: abiertos, generosos, alegres, comprometidos, trabajadores, precisamente eligieron este tipo de trabajo. Un millón de gracias, sois un enorme regalo.


Clima revuelto
Dejamos un tiempo revuelto en España, marzo de frío y mucha lluvia. Y en Barbados dicen que no recordaban una temporada tan lluviosa, inusual por estas fechas. Durante diez días nos llueve en algún momento, y las nubes nos acompañarán intermitentemente, hasta el anochecer. Así que únicamente podemos contemplar un tibio atardecer coloreado. En la costa oeste, la que mira al mar Caribe, los colores del mar sintonizan con los del cielo, cambiando en delicados azules, turquesas, grises, blancos.

Costa atlántica
Contrastando con la placidez caribeña de la costa oeste, la costa del Atlántico impresiona por su fuerza oceánica, sobre todo en el extremo norte: Harrison´s Cave.



Bathsheba
Podéis ver un post de la primera visita a Bathsheba.
En este pueblo pesquero, la playa -plagada de grandes rocas- no es para bañarse sino para surfear. Volvemos a pasear calmadamente, extasiándonos con la panorámica, y comemos en un restaurante conocido ya, con preciosas vistas.






A pesar de volver a lugares conocidos, como Harrison´s Cave y Bathsheba, me impresiono de nuevo. Porque, ciertamente, cada mirada, cada sensación, las compañías, son únicas y diferentes.
Ahora voy a compartir una experiencia novedosa, viajar en submarino.
EXPERIENCIA VIAJE SUBMARINO al fondo de un mar de coral.
No siendo persona intrépida, procuro no dejar de hacer cosas por miedo. Así que acepto la propuesta novedosa de recorrer en submarino una parte de mar caribeño.


Comienza el viaje en un barco que nos adentra en el mar, algo agitado, y nos detenemos expectantes para ver emerger el submarino. ¡Qué impresionante aparición!. Luego, a estribor nuestro barco lo sostiene. A babor, otro barco se arrima y queda estabilizado el submarino para que podamos entrar por la escotilla.
El interior es del tamaño de un autobús grande, dos hileras de asientos que se dan la espalda miran a sendas paredes de ojos de buey.



Nos sentamos en la parte delantera, junto a la cabina, con un impresionante panorama de burbujeo azulado. El piloto se llama Robert Hinds. Decido confiar en su pericia. Menos mal, porque en ese mismo día, un submarino de turistas que visitaban los fondos de coral se hunde en el Mar Rojo. Para todos, aquellas fueron sus últimas respiraciones. La terrible noticia se quedará asociada en mi memoria con estos recuerdos felices para nosotros.


Ya no hay marcha atrás. La inmersión produce algunas sensaciones desagradables de mareo, presión en la cabeza y cierta claustrofobia. Para calmarme y no pensar, regulo ese malestar físico con una máxima personal que llevo injertada en la mente: “pase lo que pase, respira, respira, respira”. Me suele funcionar, sobre todo cuando no puedo hacer nada para cambiar las condiciones externas que secuestran mi atención y me alteran emocionalmente.
Las sensaciones desagradables pasan y puedo estar atenta disfrutando de todo lo que va apareciendo. Me extrañan los colores apagados del coral, efecto de la alta temperatura del mar últimamente. Contrastan con el desfile de cuerpos plateados, azules, lomos moteados marrones de bancos de peces moviéndose alrededor del submarino. También pasamos sobre un barco hundido por los buceadores, regalo del gobierno de Barbados en los años 70.


Nunca había experimentado algo así; es el poder de las primeras experiencias. Noto cómo la respiración se contiene con cada sorpresa. Una música ambiental bien elegida acompaña mis sensaciones felices que se mueven como los peces del fondo del mar.
